26 diciembre 2008

Reflexiones de Navidad

Cuando eres pequeño una de las fechas que más esperas con ansias durante el año es tu cumpleaños; después de ella siguen la Navidad, los Reyes Magos, el día del niño y en caso dado tu santo.
Estas fechas son tan importantes para los niños que no pueden concebir la más mínima falta de ellas; acostumbrado a los regalos, las fiestas, el consentimiento de familiares que pocas veces ves (tíos, abuelos), el poder hacer cosas que nunca haces en los días normales. Incluso la ilusión del Santa o del Niño Dios con los juguetes que traeran el día 24-25 de diciembre. Cuando eres niño las cosas son más fáciles.
Conforme creces, la ilusión comienza a decrecer. No hay ya las ganas de estar con la familia y con aquel tío que te muerde el cachete (tengo un tío así...), o aquella tía política que no le gusta nada de lo que haces con sus hijos porque se pueden ensuciar. Incluso los juegos dejan de ser divertidos. Poco a poco los regalos cambian: ya no hay la ilusión de un juguete, sino del último reproductor de MP3 que lee videojuegos laser, y terminas teniendo un "bonito" sueter azul.
Llegas a la edad donde tienes que trabajar y te das cuenta que la gran mayoría de las cosas que haces te quitan todo el tiempo a lo que quisieras hacer: comienza la etapa en que comprar regalos es lindo pero trae como consecuencia gastos que a veces no están contemplados. Comienza a haber una separación de la familia y una independencia que se establecerá en la vida; incluso depresiones.
Luego (aún no lo experimento pero lo he visto) la vida en pareja, el sentar cabeza y los hijos, poco a poco el furor de la navidad regresa por los pequeños que se ilusionan por el Santa, regreso a la familia para las fiestas, etc. Después los hijos tendrán el mismo periodo y así por siempre y siempre.
Y así es la navidad
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